Hace bastante tiempo que no publicaba nada en el blog.
Lo había abandonado, lo reconozco y no me siento nada orgulloso de ello.
Empecé a escribir aquí como medio de motivación personal, para recordarme a mi mismo que tenía unos objetivos que cumplir, unas metas que superar.
He tenido infinidad de motivos a lo largo de estos casi dos años para publicar más de una entrada. He tenido muchos, y muy buenos.
No sirve como excusa el decir que he estado muy ocupado (que así ha sido). Han habido ciertos cambios en mi vida que han destruido totalmente mi rutina para construir otra dinámica nueva.
Ya no tengo trabajo. Ahora estudio de nuevo la carrera.
Habrá gente que pensará que al pasar de un entorno laboral a uno universitario, mi agenda se vería liberada y mi tiempo libre se multiplicaría por diez o más. Nada más lejos de la realidad. Es más, estoy en condiciones de afirmar que actualmente paso más horas en la universidad de las que pasaba en la oficina cuando trabajaba. Y la labor de estudiante es un trabajo que no entiende de festivos ni de fines de semana. Se trabaja de lunes a domingo, y las fiestas y vacaciones se las dedico a terminar tareas pendientes o a profundizar en materias a las que no he podido dedicar el tiempo necesario. No me miréis raro. Voy a intentar explicar el porqué.
Me he matriculado en el Grado de Ingeniería Informática. Con plan Bolonia y todo. A tope.
La nota de cada asignatura se divide en trabajos a presentar, tareas en clase, nota de prácticas y, finalmente, nota de teoría. Normalmente la nota de teoría tiene un peso comprendido entre un 40 y un 60% del total. En lugar de realizar un examen único al final de la asignatura, se realiza a mitad de cuatrimestre un primer parcial que comprende aproximadamente el 50% del temario. Si se aprueba este primer parcial, en el segundo, al final de la asignatura, solo te tienes que examinar del 50% restante.
Parece guay. Y lo es. De hecho se puede aprobar una asignatura suspendiendo los dos parciales de teoría, si tienes suficiente nota de clase y de prácticas como para llegar al cinco. También digo que no suele ser lo habitual.
El aspecto "negativo" es que estas obligado a trabajar desde el primer
día en cada asignatura si quieres estar al día en cuanto a trabajos de
clase, presentaciones y controles, ya que todo suma de cara a la nota
final. Hay que pencar a diario o vas de culo.
Seguramente a los que hayan estudiado una carrera en el plan antiguo (como es mi caso) les chocará bastante este sistema, bastante alejado del tradicional examen único final y definitivo. El plan Bolonia recuerda más al sistema empleado en el desaparecido Bachiller, un sistema más concebido en torno a la idea del esfuerzo constante y mucho menos en torno a la responsabilidad particular del individuo. Y es cierto.
También es cierto que esa "responsabilidad" que caracterizaba a los planes antiguos se solía traducir en no hacer una mierda en todo el cuatrimestre para luego en los últimos 15 días antes de exámenes pegarse la gran panzada de estudiar a saco sin apenas dormir. Cafeína al poder. Había gente que no sabía ni de qué color eran las paredes del interior de la biblioteca.
Así pues, lo que en un principio parece un paso atrás en cuanto a nivel educativo y de responsabilidad personal, en realidad es una adecuación al actual nulo nivel de compromiso, esfuerzo y superación personal que afecta a la gran mayoría de nuestra juventud. Esto da para hablar mucho, si puedo lo ampliaré en otro post.
Y aún no he comentado la que es, para mi, la característica más polémica de Bolonia. Es obligatorio asistir a un mínimo del 80% de las clases lectivas para tener derecho a presentarse a los exámenes. El no cumplir este requisito puede conllevar la desmatriculación.En otras palabras, si no vas a clase, no te examinas. Eso sí es chocante. ¿Si no vas a clase automáticamente te expulsan? En el plan antiguo era algo totalmente inconcebible. De hecho, habían clases en las que habían más alumnos en la cafetería que en el aula. Doy fe.
En resumen, diré que el plan Bolonia tiene aspectos buenos y otros malos. A su favor diré que obligarte a asistir a clase es bueno, porque con que prestes un mínimo de atención y tengas interés repercute en tu beneficio. En la cafetería en mis tiempos aprendí mucho sobre juegos de cartas, pero poco sobre programación o circuitos integrados.
En contra diré que, por mucho que los profesores opinen lo contrario, hay asignaturas para las cuales no veo estrictamente necesario acudir a todas las clases. Y las fechas de presentación de trabajos y prácticas tienden a acumularse sobre las mismas fechas. Es entonces cuando esas horas de clase superfluas las podrías aprovechar mucho más invirtiéndolas en otras tareas. Pero no puedes, tienes que ir a clase, terminar los trabajos, hacer las prácticas y estudiar.
La obligación de presentar continuamente trabajos, realizar controles, etc lo cual es beneficioso para tener las cosas frescas de cara a los parciales.
En contra, si multiplicamos todo lo anterior por el nº de asignaturas matriculadas en un cuatrimestre (mi récord está en siete), le añadimos la obligatoriedad de asistir al mayor número posible de clases, las prácticas de cada asignatura (también obligatorias) lo que obtenemos son jornadas interminables (yo he tenido algunas de hasta 12 horas), multitud de trabajos acumulados, estrés gigantesco que se va incrementando exponencialmente según se acercan las fechas de los exámenes y, en definitiva, una falta de tiempo acojonante.
Pero aún así lo prefiero. Mis notas avalan los resultados. También es cierto que no soy el mismo estudiante que perdía el tiempo y no encontraba la necesaria motivación como para esforzarse un poco en aprobar.
Ahora soy muy diferente. Estoy sobradamente motivado, me gusta acudir a las clases, me divierto haciendo las prácticas y aprendo cada vez que tengo que hacer un trabajo o una tarea. Me encanta la universidad. Ahora mismo no la cambiaría por nada. Ni si quiera por una cómoda jornada laboral de 8 horas de lunes a viernes.
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martes, 11 de junio de 2013
lunes, 10 de junio de 2013
Es tiempo de cambios
La vida es evolución, la vida es cambio y progreso.
Todo aquello que intenta permanecer inmutable y no se adapta a los cambios está condenado a desaparecer.
Siguiendo esta máxima, hace tiempo que tomé una decisión. Una decisión que cambió mi vida para siempre. Muchos me dijeron que era una locura. Algunos incluso me advirtireron de sus funestas consecuencias. Me aconsejaron que no lo hiciera. Que me conformara con lo que ya tenía. Que no valía la pena. No les hice caso. Hoy no puedo estár más satisfecho de la dicisión que tomé.
La decisión en cuestión fue dejar mi trabajo. Abandonar un empleo en el que me sentía amordazado por mis superirores y poco realizado en mis tareas. Hacerlo me ha dado la oportunidad de perseguir una de esas metas vitales que todos tenemos. Uno de esos objetivos que uno mismo se va marcando a lo largo de la vida. Esas cosas que, una vez conseguidas, al echar la vista atrás y darte cuentas del logro conseguido, hacen que te sientas orgullos de tí mismo.
Mi objetivo vital consistía en terminar de una vez por todas mi carrera universitaria. Y lo estoy logrando.
Entiendo que en el contexto actual de crisis sistémica, cuando todo el mundo tiene miedo de perder su trabajo, cuando tener una nómina es para muchos motivo para dar gracias al cielo, en una situación como la actual entiendo que haya mucha gente que no entienda mi decisión. Que no les entre en la cabeza hacer algo semejante. Que la tache de locura. De irresponsable. Lo más suave que escuché fue valiente. Audaz. Temerario.
¿Por qué dejar un trabajo medianamente bien pagado y acomodado sólo por terminar una carrera abandonada hace tanto tiempo? ¿De qué sirve? No lo hagas. Confórmate con tu trabajo de mierda mal pagado. Dale gracias a tu jefe por explotarte y no despedirte. Olvida tus sueños. Olvida tus metas.
Olvida el mejorar y superarte. Olvida el aspirar a algo mejor. Resignate.
NO. No podía. Imaginaba mi vida en el futuro, imaginaba que me había resignado y que me había convencido a mi mismo de que no valía la pena. Me veía trabajando en el mismo puesto, haciendo las mismas cosas, rodeado de las mismas personas y cobrando casi lo mismo. Y no me gustó. Me di cuenta de que no quería eso. De que quería más. Dije que NO. Y me alegro de haberlo hecho.
Han pasado ya casi dos años desde que tomé esta decisión. En ese tiempo he conseguido avanzar enormemente en mi proyecto personal. Todavía no he terminado, pero ya me queda poco. Y no me he arrepentido de mi decisión ni un solo segundo.
Evidentemente, no he estado solo todo este tiempo. He contado con el apoyo de amigos de verdad. Gente que no veía descabellado del todo lo que me proponía hacer. Aprovecho para darles las gracias a todos ellos. Pero sobre todo se lo debo agradecer a mi pareja. Se que sin ella a mi lado hoy seguiría ocupando mi triste silla en esa gris oficina rodeado de mediocridad. A ella va dedicado este post.
El futuro es impredecible, no sabemos que nos espera. Lo que si es seguro es que hay cosas que no cambian por si solas. Uno tiene que provocar el cambio, hacer que sucedan. Mi futuro, como el de todos, es incierto. No se si será mejor o peor que si hubiese tomado una decisión distinta. Lo que si es seguro es que será diferente, y con eso de momento me basta.
Todo aquello que intenta permanecer inmutable y no se adapta a los cambios está condenado a desaparecer.
Siguiendo esta máxima, hace tiempo que tomé una decisión. Una decisión que cambió mi vida para siempre. Muchos me dijeron que era una locura. Algunos incluso me advirtireron de sus funestas consecuencias. Me aconsejaron que no lo hiciera. Que me conformara con lo que ya tenía. Que no valía la pena. No les hice caso. Hoy no puedo estár más satisfecho de la dicisión que tomé.
La decisión en cuestión fue dejar mi trabajo. Abandonar un empleo en el que me sentía amordazado por mis superirores y poco realizado en mis tareas. Hacerlo me ha dado la oportunidad de perseguir una de esas metas vitales que todos tenemos. Uno de esos objetivos que uno mismo se va marcando a lo largo de la vida. Esas cosas que, una vez conseguidas, al echar la vista atrás y darte cuentas del logro conseguido, hacen que te sientas orgullos de tí mismo.
Mi objetivo vital consistía en terminar de una vez por todas mi carrera universitaria. Y lo estoy logrando.
Entiendo que en el contexto actual de crisis sistémica, cuando todo el mundo tiene miedo de perder su trabajo, cuando tener una nómina es para muchos motivo para dar gracias al cielo, en una situación como la actual entiendo que haya mucha gente que no entienda mi decisión. Que no les entre en la cabeza hacer algo semejante. Que la tache de locura. De irresponsable. Lo más suave que escuché fue valiente. Audaz. Temerario.
¿Por qué dejar un trabajo medianamente bien pagado y acomodado sólo por terminar una carrera abandonada hace tanto tiempo? ¿De qué sirve? No lo hagas. Confórmate con tu trabajo de mierda mal pagado. Dale gracias a tu jefe por explotarte y no despedirte. Olvida tus sueños. Olvida tus metas.
Olvida el mejorar y superarte. Olvida el aspirar a algo mejor. Resignate.
NO. No podía. Imaginaba mi vida en el futuro, imaginaba que me había resignado y que me había convencido a mi mismo de que no valía la pena. Me veía trabajando en el mismo puesto, haciendo las mismas cosas, rodeado de las mismas personas y cobrando casi lo mismo. Y no me gustó. Me di cuenta de que no quería eso. De que quería más. Dije que NO. Y me alegro de haberlo hecho.
Han pasado ya casi dos años desde que tomé esta decisión. En ese tiempo he conseguido avanzar enormemente en mi proyecto personal. Todavía no he terminado, pero ya me queda poco. Y no me he arrepentido de mi decisión ni un solo segundo.
Evidentemente, no he estado solo todo este tiempo. He contado con el apoyo de amigos de verdad. Gente que no veía descabellado del todo lo que me proponía hacer. Aprovecho para darles las gracias a todos ellos. Pero sobre todo se lo debo agradecer a mi pareja. Se que sin ella a mi lado hoy seguiría ocupando mi triste silla en esa gris oficina rodeado de mediocridad. A ella va dedicado este post.
El futuro es impredecible, no sabemos que nos espera. Lo que si es seguro es que hay cosas que no cambian por si solas. Uno tiene que provocar el cambio, hacer que sucedan. Mi futuro, como el de todos, es incierto. No se si será mejor o peor que si hubiese tomado una decisión distinta. Lo que si es seguro es que será diferente, y con eso de momento me basta.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Entrada 13
Esta es la entrada nº trece desde que empecé con este blog, hace ya varios meses.
Paso de comentar los aspectos negativos del número trece, las supersticiones y demás sandeces. Me considero una persona lógica y racional. Reconozco que las leyendas tienen su encanto (me encantan las novelas épicas), pero no hay que sacarlas de su contexto: ficción y fantasía.
Simplemente me ha parecido un buen número para hacer balance del blog.
Puede que trece entradas en tres meses sean un promedio bastante bajo. Quizás debiera publicar con más asiduidad, pero tampoco quiero llenar el blog con contenido irrelevante.
Además, las últimas entradas se ha alejado bastante del objetivo inicial que me impulsó a empezar a escribir el blog. Las entradas recientes las he dedicado a temas como los videojuegos, el anime y la literatura que son mis grandes pasiones, dejando de lado la motivación principal del blog, que es precisamente la motivación personal.
Es un medio que tengo de marcarme objetivos que deseo cumplir, una forma de reforzar mis convicciones.
Y he de reconocer que de momento me va fatal. Quien recuerde la entrada dedicada a la Regla de los tres días sabrá a qué me refiero. Me marqué como meta el acudir religiosamente al gimnasio un mínimo de tres días semanales.
Hoy hace ya 15 días que no piso el gimnasio. Por lo tanto he transgredido mi propia regla. Dos veces.
Pero no me rindo. Lo fácil sería tirar la toalla. Pensar que dado el tiempo que hace que no voy no vale la pena continuar. Que he perdido el tiempo y el dinero, que al final me iba a rendir.
Me niego. No quiero que todo el tiempo invertido hasta ahora vaya a la basura.
La verdad es que me estaba sentando bien el ejercicio. Respiraba mejor, me cansaba menos. Y además estaba empezando a notar un aumento en la musculatura. ¡Hasta estaba perdiendo barriga!
Han bastado tan solo 15 días sin mover el culo para que los efectos visibles se hayan minimizado, cuando no desaparecido: mis bíceps vuelven a estar flácidos. Ya no se aprecian los músculos de mis gemelos al andar. Y mi barriga sigue ahí. Yo diría que la muy hija de puta se ha vengado y a vuelto con más fuerza.
Eso es lo que más me jode del ejercicio físico: lo muchísimo que cuesta perder un gramo o definir un poco de cachas y lo rapidísimo que se va todo a la mierda simplemente no haciendo absolutamente nada.
Pero esto no acaba ahí. Por mucho que temas las agujetas (que no van a ser pocas), por mucha vergüenza que me de dar la cara de nuevo ante el monitor (no tengo por que dar explicaciones a nadie), por mucho esfuerzo, sudor y dolor que me cueste levantar de nuevo esas condenadas pesas. Pienso volver. Mañana....
Hoy he quedado con mi colega Rudiamar. Muchos pensaréis que no es forma de expresar unas convicciones para acto seguido dejarlo para otro día, que no es serio. Pero Rudiamar es una excepción. Es amigo mío desde hace muchos años y hace casi un año que no lo veo. Y si hay algo más difícil que mantener la barriga a raya es encontrar buenos amigos. Y esas amistades hay que mantenerlas.
Así que hoy charla y cervezas con mi colega.
Mañana gimnasio y sufrimiento.
Al día siguiente dolor. Y puede que la entrada sobre Apocalipsis Z que prometí en el último post....
Paso de comentar los aspectos negativos del número trece, las supersticiones y demás sandeces. Me considero una persona lógica y racional. Reconozco que las leyendas tienen su encanto (me encantan las novelas épicas), pero no hay que sacarlas de su contexto: ficción y fantasía.
Simplemente me ha parecido un buen número para hacer balance del blog.
Puede que trece entradas en tres meses sean un promedio bastante bajo. Quizás debiera publicar con más asiduidad, pero tampoco quiero llenar el blog con contenido irrelevante.
Además, las últimas entradas se ha alejado bastante del objetivo inicial que me impulsó a empezar a escribir el blog. Las entradas recientes las he dedicado a temas como los videojuegos, el anime y la literatura que son mis grandes pasiones, dejando de lado la motivación principal del blog, que es precisamente la motivación personal.
Es un medio que tengo de marcarme objetivos que deseo cumplir, una forma de reforzar mis convicciones.
Y he de reconocer que de momento me va fatal. Quien recuerde la entrada dedicada a la Regla de los tres días sabrá a qué me refiero. Me marqué como meta el acudir religiosamente al gimnasio un mínimo de tres días semanales.
Hoy hace ya 15 días que no piso el gimnasio. Por lo tanto he transgredido mi propia regla. Dos veces.
Pero no me rindo. Lo fácil sería tirar la toalla. Pensar que dado el tiempo que hace que no voy no vale la pena continuar. Que he perdido el tiempo y el dinero, que al final me iba a rendir.
Me niego. No quiero que todo el tiempo invertido hasta ahora vaya a la basura.
La verdad es que me estaba sentando bien el ejercicio. Respiraba mejor, me cansaba menos. Y además estaba empezando a notar un aumento en la musculatura. ¡Hasta estaba perdiendo barriga!
Han bastado tan solo 15 días sin mover el culo para que los efectos visibles se hayan minimizado, cuando no desaparecido: mis bíceps vuelven a estar flácidos. Ya no se aprecian los músculos de mis gemelos al andar. Y mi barriga sigue ahí. Yo diría que la muy hija de puta se ha vengado y a vuelto con más fuerza.
Eso es lo que más me jode del ejercicio físico: lo muchísimo que cuesta perder un gramo o definir un poco de cachas y lo rapidísimo que se va todo a la mierda simplemente no haciendo absolutamente nada.
Pero esto no acaba ahí. Por mucho que temas las agujetas (que no van a ser pocas), por mucha vergüenza que me de dar la cara de nuevo ante el monitor (no tengo por que dar explicaciones a nadie), por mucho esfuerzo, sudor y dolor que me cueste levantar de nuevo esas condenadas pesas. Pienso volver. Mañana....
Hoy he quedado con mi colega Rudiamar. Muchos pensaréis que no es forma de expresar unas convicciones para acto seguido dejarlo para otro día, que no es serio. Pero Rudiamar es una excepción. Es amigo mío desde hace muchos años y hace casi un año que no lo veo. Y si hay algo más difícil que mantener la barriga a raya es encontrar buenos amigos. Y esas amistades hay que mantenerlas.
Así que hoy charla y cervezas con mi colega.
Mañana gimnasio y sufrimiento.
Al día siguiente dolor. Y puede que la entrada sobre Apocalipsis Z que prometí en el último post....
jueves, 11 de agosto de 2011
Vegeta
Soy un gran fan de Dragon Ball, la obra cumbre del genial Akira Toriyama.
He seguido la obra por televisión desde su inicio y guardo muy buenos recuerdos de mi adolescencia viendo la serie en casa junto con mi hermano Mel.
Como todo fan, tengo un personaje favorito. Uno que me cae especialmente bien y que considero que tiene una personalidad que lo diferencia del resto. Mi personaje favorito de Dragon Ball Z es, sin duda, Vegeta.
Hay algo en este guerrero que me inspira un profundo respeto. Es un personaje muy orgulloso, con un carácter muy pronunciado. Jamás acepta la derrota y combate siempre para vencer (más bien aniquilar) al adversario, cueste lo que cueste. No se rinde. Nunca. Creo que esa es la cualidad que más respeto. La tozudez, el lograr los objetivos marcados sin importar como. Estas características, unidas a su carácter independiente e introvertido (no considera a los demás guerreros Z como amigos, ni siquiera como compañeros) es lo hace que me caiga bien. Además no acepta el orden, ama el caos y solo respeta la fuerza. Todo un guerrero de pura cepa.
Recordemos que Vegeta es introducido en la serie como orgulloso príncipe de los saiyanos. La raza saiyan fue aniquilada por Freezer, quedando pocos supervivientes de dicha raza. Sin embargo, ser príncipe de una raza prácticamente inexistente no le ha restado ni un ápice de orgullo.
En su primera aparición se enfrenta a Son Goku. Lo que empieza siendo para Vegeta una pelea con un saiyan de raza inferior sin importancia acaba siendo una lucha a muerte contra un enemigo inesperadamente temible.
Vegeta acaba siendo derrotado, y es obligado a escapar en su cápsula. Su rencor hacia Goku no hace más que crecer. ¿Como es posible que un guerrero de raza inferior haya logrado un poder comparable al de todo un príncipe saiyan? A partir de ese momento lo considera su rival y su única meta es aumentar su poder hasta ser capaz de vencerlo (y matarlo, si puede ser, que quede claro quien manda).
Y para lograr su objetivo será capaz de todo. Incluso aliarse con antiguos supuestos enemigos para enfrentarse a un enemigo común más poderoso. Para él en un combate lo único importante es vencer y sobrevivir para seguir luchando y ser cada vez más fuerte. No tiene compasión por sus enemigos, a diferencia del blando de Goku. No le importa matar a su adversario y no se preocupa por las consecuencias que puedan tener sus ataques en sus propios aliados. Es una máquina de luchar y no se detendrá ante nada. No respeta otra ley que no sea la ley del más fuerte y opina que todo combate es a muerte y que todo vale con tal de lograr la victoria.
Creo que todos esos rasgos lo alejan del estereotipo de héroe preconcebido y lo dotan de un transfondo más humano que cualquier otro personaje de la serie. Precisamente por que no es el típico bueno que quiere salvar a los inocentes, lucha por el bien y la justicia y respeta las reglas de juego.
Nada de eso. Vegeta lucha por objetivos enteramente egoístas, hace trampas si cree que puede obtener ventaja en el combate, tiene un orgullo desmedido (que no le ocasiona pocos problemas) que ha vece puede considerarse directamente como soberbia, y puede ser cruel y despiadado. En definitiva, su corazón alberga maldad, y esa maldad lo hace más humano que un personaje totalmente bueno que no deja de ser un ideal imposible.
Con el tiempo, su carácter se va ablandando. Se acostumbra a vivir en la tierra rodeado de comodidades. A tener una mujer y un hijo. Y olvida su objetivo: vencer a Goku. Sobre todo desde que Goku muere en el combate contra Cell. Incluso, en palabras del propio Vegeta, considera no volver a luchar nunca más, puesto que ha perdido a su objetivo. Algo inaudito para un saiyano, para los cuales combatir es tan importante como el comer.
Pero todo cambia cuando Goku regresa del más allá por un solo día para participar en el Gran Torneo de Artes Marciales. De repente Vegeta (que no ha dejado de entrenar ni un momento) tiene al alcance de su mano la deseada revancha. Lleva años esperando el momento de medir sus fuerzas con el insolente Kakaroto (nombre saiyano de Son Goku, con el que Vegeta se refiere a él continuamente) que se atrevió a vencerlo hace tanto tiempo. ¡Incluso se atrevió a salvarle la vida muriendo como un héroe contra Cell!
Todo el mundo considera esa antigua rivalidad olvidada, que es cosa del pasado y que Vegeta ha cambiado, que es mejor persona. Pero no para Vegeta. Esa sigue siendo una espina clavada en su orgulloso corazón.
Es por ello que cuando el Torneo se suspende por culpa de la intervención del Babidí, Vegeta pierde el control. Por culpa de ese monstruo el único enfrentamiento que de verdad le interesa, su lucha con Goku ya no va a tener lugar. Es demasiado para el orgulloso príncipe que está dispuesto a todo con tal de medir sus fuerzas con su rival. Incluso a ceder su voluntad en manos del brujo para que el enfrentamiento con Goku sea inevitable.
Vegeta fuerza el enfrentamiento porque es lo único que de verdad le importa: enfrentarse a su eterno rival, demostrar su poder superior y vencerlo de una vez por todas. Algunos pensarán (Goku incluido) que este hecho contradice la naturaleza orgullosa del saiyano. ¿Como puede ser que Vegeta, con todo su orgullo, se doblegue tan fácilmente a los poderes de Babidi?
Todo esto es cierto, pero hay un detalle importante a tener en cuenta. En ese momento Vegeta se ha dado cuenta de que los poderes que Goku ha desarrollado en el otro mundo de nuevo superan a los suyos. Y eso es demasiado para él. Comprende que, por mucho que le pese, el único método para lograr enfrentarse a Goku de igual a igual es someterse al brujo y permitirle controlar su alma para que a cambio aumente su poder. Lograr los objetivos cueste lo que cueste.
Y si de paso anula los remordimientos y esos estúpidos sentimientos de afecto hacía su familia mejor. De esa forma puede luchar de nuevo como antaño: con toda la fuerza y despiadada crueldad de la que es capaz un auténtico príncipe saiayano.
Además, Vegeta no cede totalmente su voluntad a Babidi, que es capaz de controlar las mentes de aquellos a los que posee. Vegeta se resiste a ese control y desobece las órdenes de ese supuesto amo, ya que a él solo le interesa Kakarot.
Y esa es la otra cualidad que me gusta del personaje: su absoluta determinación por lograr lo que se propone. Es mi meta parecerme un poco al valiente y temido príncipe de los saiyanos, tener su valor, sus agallas y no rendirme nunca ante nadie. Hay que tener mucha persistencia y abnegación. Eso es lo que busco y tengo como claro ejemplo a este saiyano que representa el carácter que me gustaría tener y con el que me quiero identificar.
He seguido la obra por televisión desde su inicio y guardo muy buenos recuerdos de mi adolescencia viendo la serie en casa junto con mi hermano Mel.
Como todo fan, tengo un personaje favorito. Uno que me cae especialmente bien y que considero que tiene una personalidad que lo diferencia del resto. Mi personaje favorito de Dragon Ball Z es, sin duda, Vegeta.
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| ¿Quieres pelea? |
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| ¡Yo no respeto las reglas! |
En su primera aparición se enfrenta a Son Goku. Lo que empieza siendo para Vegeta una pelea con un saiyan de raza inferior sin importancia acaba siendo una lucha a muerte contra un enemigo inesperadamente temible.
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| It's over 9000!!! |
Y para lograr su objetivo será capaz de todo. Incluso aliarse con antiguos supuestos enemigos para enfrentarse a un enemigo común más poderoso. Para él en un combate lo único importante es vencer y sobrevivir para seguir luchando y ser cada vez más fuerte. No tiene compasión por sus enemigos, a diferencia del blando de Goku. No le importa matar a su adversario y no se preocupa por las consecuencias que puedan tener sus ataques en sus propios aliados. Es una máquina de luchar y no se detendrá ante nada. No respeta otra ley que no sea la ley del más fuerte y opina que todo combate es a muerte y que todo vale con tal de lograr la victoria.
Creo que todos esos rasgos lo alejan del estereotipo de héroe preconcebido y lo dotan de un transfondo más humano que cualquier otro personaje de la serie. Precisamente por que no es el típico bueno que quiere salvar a los inocentes, lucha por el bien y la justicia y respeta las reglas de juego.
Nada de eso. Vegeta lucha por objetivos enteramente egoístas, hace trampas si cree que puede obtener ventaja en el combate, tiene un orgullo desmedido (que no le ocasiona pocos problemas) que ha vece puede considerarse directamente como soberbia, y puede ser cruel y despiadado. En definitiva, su corazón alberga maldad, y esa maldad lo hace más humano que un personaje totalmente bueno que no deja de ser un ideal imposible.
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| ¡Contempla mi poder! |
Pero todo cambia cuando Goku regresa del más allá por un solo día para participar en el Gran Torneo de Artes Marciales. De repente Vegeta (que no ha dejado de entrenar ni un momento) tiene al alcance de su mano la deseada revancha. Lleva años esperando el momento de medir sus fuerzas con el insolente Kakaroto (nombre saiyano de Son Goku, con el que Vegeta se refiere a él continuamente) que se atrevió a vencerlo hace tanto tiempo. ¡Incluso se atrevió a salvarle la vida muriendo como un héroe contra Cell!
Todo el mundo considera esa antigua rivalidad olvidada, que es cosa del pasado y que Vegeta ha cambiado, que es mejor persona. Pero no para Vegeta. Esa sigue siendo una espina clavada en su orgulloso corazón.
Es por ello que cuando el Torneo se suspende por culpa de la intervención del Babidí, Vegeta pierde el control. Por culpa de ese monstruo el único enfrentamiento que de verdad le interesa, su lucha con Goku ya no va a tener lugar. Es demasiado para el orgulloso príncipe que está dispuesto a todo con tal de medir sus fuerzas con su rival. Incluso a ceder su voluntad en manos del brujo para que el enfrentamiento con Goku sea inevitable.
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| El orgullos príncipe ha regresado y quiere su venganza. |
Todo esto es cierto, pero hay un detalle importante a tener en cuenta. En ese momento Vegeta se ha dado cuenta de que los poderes que Goku ha desarrollado en el otro mundo de nuevo superan a los suyos. Y eso es demasiado para él. Comprende que, por mucho que le pese, el único método para lograr enfrentarse a Goku de igual a igual es someterse al brujo y permitirle controlar su alma para que a cambio aumente su poder. Lograr los objetivos cueste lo que cueste.
Y si de paso anula los remordimientos y esos estúpidos sentimientos de afecto hacía su familia mejor. De esa forma puede luchar de nuevo como antaño: con toda la fuerza y despiadada crueldad de la que es capaz un auténtico príncipe saiayano.
Además, Vegeta no cede totalmente su voluntad a Babidi, que es capaz de controlar las mentes de aquellos a los que posee. Vegeta se resiste a ese control y desobece las órdenes de ese supuesto amo, ya que a él solo le interesa Kakarot.
Y esa es la otra cualidad que me gusta del personaje: su absoluta determinación por lograr lo que se propone. Es mi meta parecerme un poco al valiente y temido príncipe de los saiyanos, tener su valor, sus agallas y no rendirme nunca ante nadie. Hay que tener mucha persistencia y abnegación. Eso es lo que busco y tengo como claro ejemplo a este saiyano que representa el carácter que me gustaría tener y con el que me quiero identificar.
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| ¡Desaparece escoria! |
jueves, 28 de julio de 2011
La regla de los tres días
He llegado a la conclusión de que si quiero que esto tenga resultados, debo ir al gimnasio como mínimo tres días a la semana. Pase lo que pase, es algo que no me puedo saltar. Puedo ir lunes, martes y miércoles, o alternarlo lunes martes y jueves o como me venga bien. El horario es lo de menos. Lo realmente importante es que bajo ninguna circunstancia puedo dejar que pase una semana en la que no haya acudido al gimnasio al menos tres veces. A partir de ahora esta afirmación será conocida como La regla de los tres días
Bien, haciendo balance de esta semana, el lunes decidí no ir (recordemos la entrada de la playa).
El martes si fui (bien por mi)
Ayer miércoles fui de nuevo (eso ya son dos días)
Hoy no voy a ir :(
Sufro de una ligera indisposción gastroinstentinal que me impediría realizar el esfuerzo necesario en el gimnasio. Un esfuerzo excesivo podría tener efectos catastróficos para mis calzonzillos... Aparte de que mi reputación entre la gente del gimnasio se resentiría notablemente.
Algo me dice que la pizza que me tomé ayer para cenar no me ha sentado del todo bien.
Es por ello que he decidido no ir hoy, pero según la regla, significa que me planto en viernes habiendo ido al gimnasio solo 2 días esta semana... Maldita playa, ahora veo que todo acto tiene su consecuencia. Si quiero cumplir con La Regla, deberé ir al gimnasio después del curro.
Los viernes apetece menos, salgo del trabajo a mediodía y no apetece nada. Bueno, nadie dijo que esto iba a ser fácil.
Tan solo no iré si sigo mal del estómago (tan mal que no pueda ni ir a trabajar)
Una cosa es ser consecuente y trabajar duro para mejorar la voluntad de uno mismo y la auto estima, y otra muy diferente es ser gilipollas. Y no arriesgar la salud de mis esfínteres por respetar ninguna estúpida regla. Pero los temas de salud serán solo una excepción, por lo que vuelvo a definir la regla:
La Regla de los tres días: "Deberé acudir al gimnasio un mínimo de tres días semanales. Tan solo se puede saltar esta regla por motivos graves de salud o por motivos de fuerza mayor."
Uff, si me disculpáis, tengo una labor ineludible que me reclama con urgencia...
Bien, haciendo balance de esta semana, el lunes decidí no ir (recordemos la entrada de la playa).
El martes si fui (bien por mi)
Ayer miércoles fui de nuevo (eso ya son dos días)
Hoy no voy a ir :(
Sufro de una ligera indisposción gastroinstentinal que me impediría realizar el esfuerzo necesario en el gimnasio. Un esfuerzo excesivo podría tener efectos catastróficos para mis calzonzillos... Aparte de que mi reputación entre la gente del gimnasio se resentiría notablemente.
Algo me dice que la pizza que me tomé ayer para cenar no me ha sentado del todo bien.
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| Ummm, Está muy buena, pero puede sentar un poco mal... |
Los viernes apetece menos, salgo del trabajo a mediodía y no apetece nada. Bueno, nadie dijo que esto iba a ser fácil.
Tan solo no iré si sigo mal del estómago (tan mal que no pueda ni ir a trabajar)
Una cosa es ser consecuente y trabajar duro para mejorar la voluntad de uno mismo y la auto estima, y otra muy diferente es ser gilipollas. Y no arriesgar la salud de mis esfínteres por respetar ninguna estúpida regla. Pero los temas de salud serán solo una excepción, por lo que vuelvo a definir la regla:
La Regla de los tres días: "Deberé acudir al gimnasio un mínimo de tres días semanales. Tan solo se puede saltar esta regla por motivos graves de salud o por motivos de fuerza mayor."
Uff, si me disculpáis, tengo una labor ineludible que me reclama con urgencia...
lunes, 25 de julio de 2011
Esto no ha terminado
Si, ya lo se. No he escrito nada en dos días. Se suponía que iba a crear una entrada diaria en el blog, para concienciar me en cumplir mis metas y todo eso.
Pero era fin de semana y he estado ocupado. Ya se que suena a excusa barata. Que siempre se pueden sacar 5 minutos de donde sea. Vale, es verdad. Voy a ser sincero: me he olvidado. Ni se me ha pasado por la cabeza en todo el fin de semana el tema del blog.
Bueno, al menos lo he retomado hoy lunes. Hubiese sido fácil pensar en dejarlo. Total, hace dos días que no escribo, ya he roto la regla sagrada que juré cumplir, ya no me queda honor. Así que qué más da. Reconozco que lo he llegado a pensar.... y me he cabreado mucho. Me he cabreado conmigo por ser tan jodidamente inestable y tener tan poca voluntad. Y he pensado ¿pero qué demonios? ¿Otra vez me voy a rendir antes siquiera de empezar? Se suponía que esto era serio.
Precisamente empecé esto con la finalidad de cambiar esa voluntad tan frágil, de ser mejor. Y al menos nadie podrá decir que no lo voy a intentar. Quien sabe. A lo mejor hasta lo consigo. De momento dije el viernes pasado que iba a ir al gimnasio, en parte como penitencia por no haber ido el jueves (ver la entrada anterior para más detalles).
Y fui. Vaya que si fui. Y os contaré un secreto: me sentó genial. Ya no solo porque hacer ejercicio sienta bien al cuerpo (que también). Era algo más. Era pura satisfacción. Satisfacción personal por haber logrado un objetivo: haber cumplido la palabra dada a uno mismo, ser capaz de realizar las cosas, no quedarse solo en decirlas. Era como un subidón de adrenalina acompañado de una sensación de gran satisfacción, de haber cumplido con algo.
Si, algo a cambiado en mi. Me siento mejor. Esto no puede parar, ha de continuar. Hoy voy gimnasio otra vez. Esto ya no es solo un tema de salud. Reconozco que la sensación que experimenté después de salir del gimnasio el viernes era algo que no sentía desde hacía mucho. Y me podría enganchar a ello...
Ahora que lo pienso, me arrepiento de no haber plasmado en el blog esa sensación antes, cuando la tenía más reciente. Eso me da otra razón más para continuar con el blog y con el tema de la superación de objetivos.
Vale. Intentaré esforzarme para escribir a diario en el blog, aunque sea fin de semana. Creo que me va a venir bien.
Pero era fin de semana y he estado ocupado. Ya se que suena a excusa barata. Que siempre se pueden sacar 5 minutos de donde sea. Vale, es verdad. Voy a ser sincero: me he olvidado. Ni se me ha pasado por la cabeza en todo el fin de semana el tema del blog.
Bueno, al menos lo he retomado hoy lunes. Hubiese sido fácil pensar en dejarlo. Total, hace dos días que no escribo, ya he roto la regla sagrada que juré cumplir, ya no me queda honor. Así que qué más da. Reconozco que lo he llegado a pensar.... y me he cabreado mucho. Me he cabreado conmigo por ser tan jodidamente inestable y tener tan poca voluntad. Y he pensado ¿pero qué demonios? ¿Otra vez me voy a rendir antes siquiera de empezar? Se suponía que esto era serio.
Precisamente empecé esto con la finalidad de cambiar esa voluntad tan frágil, de ser mejor. Y al menos nadie podrá decir que no lo voy a intentar. Quien sabe. A lo mejor hasta lo consigo. De momento dije el viernes pasado que iba a ir al gimnasio, en parte como penitencia por no haber ido el jueves (ver la entrada anterior para más detalles).
Y fui. Vaya que si fui. Y os contaré un secreto: me sentó genial. Ya no solo porque hacer ejercicio sienta bien al cuerpo (que también). Era algo más. Era pura satisfacción. Satisfacción personal por haber logrado un objetivo: haber cumplido la palabra dada a uno mismo, ser capaz de realizar las cosas, no quedarse solo en decirlas. Era como un subidón de adrenalina acompañado de una sensación de gran satisfacción, de haber cumplido con algo.
Si, algo a cambiado en mi. Me siento mejor. Esto no puede parar, ha de continuar. Hoy voy gimnasio otra vez. Esto ya no es solo un tema de salud. Reconozco que la sensación que experimenté después de salir del gimnasio el viernes era algo que no sentía desde hacía mucho. Y me podría enganchar a ello...
Ahora que lo pienso, me arrepiento de no haber plasmado en el blog esa sensación antes, cuando la tenía más reciente. Eso me da otra razón más para continuar con el blog y con el tema de la superación de objetivos.
Vale. Intentaré esforzarme para escribir a diario en el blog, aunque sea fin de semana. Creo que me va a venir bien.
miércoles, 20 de julio de 2011
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Ya está. Lo hice. Conseguido. He empezado un blog. Uno de los objetivos en mi vida alcanzado. Bien por mi. Ya estoy un poco más cerca de la felicidad.
Ahora solo tengo que terminar mis estudios universitarios, encontrar un trabajo en el que me sienta realizado y plantar un árbol para tener una vida plena.
Pero vamos a ir por partes, que el que mucho abarca poco aprieta y ya me estoy empezando a deprimir pensando en todo lo que me falta por hacer.
Hoy voy a lograr un segundo objetivo vital, a parte del presente blog que acabo de inagurar. Me voy a apuntar al gimnasio. Empiezo hoy mismo. Objetivo: eliminar de una vez por todas esa barriga cervecera que se ha empeñado en acompañarme a todas partes en los últimos años. Y si además me sirve para ponerme macizo y buenorro, pues mejor.
Pero no corramos demasiado. Hay que tener paciencia.
La senda hacia la perfección es larga y tortuosa, llena de obstáculos difíciles de superar. Necesito motivación, y ese es el otro objetivo de este blog (aparte de aumentar mi ego personal): marcar unos objetivos que cumplir.
Objetivo número uno: crear una entrada diaria en el blog. Acerca de cualquier tema que me parezca interesante o relevante para lograr mis objetivos.
Ya veremos como acaba la cosa. Como ya habrá adivinado el lector avispado, no me caracterizo por terminar las cosas que empie
Ahora solo tengo que terminar mis estudios universitarios, encontrar un trabajo en el que me sienta realizado y plantar un árbol para tener una vida plena.
Pero vamos a ir por partes, que el que mucho abarca poco aprieta y ya me estoy empezando a deprimir pensando en todo lo que me falta por hacer.
Hoy voy a lograr un segundo objetivo vital, a parte del presente blog que acabo de inagurar. Me voy a apuntar al gimnasio. Empiezo hoy mismo. Objetivo: eliminar de una vez por todas esa barriga cervecera que se ha empeñado en acompañarme a todas partes en los últimos años. Y si además me sirve para ponerme macizo y buenorro, pues mejor.
Pero no corramos demasiado. Hay que tener paciencia.
La senda hacia la perfección es larga y tortuosa, llena de obstáculos difíciles de superar. Necesito motivación, y ese es el otro objetivo de este blog (aparte de aumentar mi ego personal): marcar unos objetivos que cumplir.
Objetivo número uno: crear una entrada diaria en el blog. Acerca de cualquier tema que me parezca interesante o relevante para lograr mis objetivos.
Ya veremos como acaba la cosa. Como ya habrá adivinado el lector avispado, no me caracterizo por terminar las cosas que empie
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